Silvina Ocampo: La íntima dicha de la inteligencia
Hice un retrato suyo en tinta hace mucho tiempo; el retrato está en un libro de cubierta rosada como los cuadernos de nuestra infancia; no se le parece; sin embargo, en ese retrato torpe, tiene el aspecto de un héroe de la historia argentina; pensándolo bien, Borges es una especie de héroe.
No sé cuándo ni dónde lo conocí. Me parece que lo conozco desde siempre,
como ocurre con todo lo que se ama. Tenía bigotes y grandes ojos
sorprendidos.
Hace mucho que lo conozco, pero mucho más que lo quiero. A veces lo he
odiado; lo odié por causa de un perro, y él me odió a mí, supongo, por
causa de un disfraz. Comenzaré por el perro.
Estábamos en la playa durante el verano.
Yo había perdido a mi perro Lurón; lo adoraba como se adora a los
perros. Llorando, lo buscaba por los caminos que llevaban al mar,
golpeando cada puerta, preguntando a cada persona si no había visto un
perro con collar rojo, inteligente, mediano, de color castaño, el pelo
rapado salvo en la cabeza y las patas, sin cola, etc. Era inútil
explicarles que se trataba de un caniche. Lo mismo habría dado decirles
canilla o cariz. Borges escuchaba, miraba, pensando que esta historia
del perro era inaudita. Ni una palabra compasiva.
Me puse esquiva con él.
—¿Pero estás segura de que podrías reconocer a tu perro? —me preguntó, quizá para consolarme.
Yo lo trataba con resentimiento, pensando que no tenía corazón.
Odiar a Borges es difícil, porque él no lo percibe. Yo
lo odiaba; pensaba: "Es malo, es idiota, me pone los pelos de punta, mi
perro es más inteligente que él, porque sabe que todas las personas son
diferentes, mientras que Borges piensa que todos los perros son
iguales."
Borges no entendía mi angustia. Sin embargo, era yo la que no lo
comprendía. Lo supe por lo siguiente: Borges considera a los animales
como dioses o grandes magos; piensa también, caprichosamente, que
cualquier ejemplar de la especie representa a todos. Al abrir una
puerta, sé que a veces le pregunta al gato de la Biblioteca Nacional:
"¿Se puede entrar?" Confundido, piensa: "¡Pero el gato del vecino que
encuentro al salir de aquí es quizás el mismo gato que veo detrás de
esta puerta!" Si lo encuentra sentado sobre su silla, busca otra, para
no molestarlo. Ama a los animales a su manera.
Borges detesta a la gente disfrazada. Una
noche de carnaval, luego de la cena, una amiga y yo nos disfrazamos.
Nos paseamos por el jardín, y nos acercamos a Borges. Le hablábamos sin
fingir la voz, pero no nos contestaba.
—Soy yo, Georgie, ¿no me reconocés?
Sólo después de que me saqué el disfraz y
la máscara, me respondió. Se apoyó entonces contra un árbol frondoso
que le arañaba apenas el rostro y murmuró: "¿Este también se disfrazó?"
***
Borges tiene corazón de alcaucil. Ama a
las mujeres lindas. Sobre todo si son feas, así puede inventar con más
facilidad sus rostros. Se enamora de ellas. Una celosa le dijo acerca de
otra mujer que él admiraba:
—No
me parece tan linda. Es completamente pelada. Tiene que usar una peluca
hasta de noche, cuando duerme, por miedo a encontrar en sus sueños a
gente que ama, o un espejo.
—Ninguna persona linda podría ser tan pelada —dijo él con admiración—. Indudablemente ella no la precisaría, porque es linda de todas formas. —Agregaba, con sincera curiosidad: —¿Se fue quedando pelada naturalmente? ¿Naturalmente, en serio?
En mi opinión, la señora en cuestión se hizo bella hace dos o tres años, cuando estalló la moda de las pelucas.
***
A Borges le encanta el dulce de leche; lo
come tan rápidamente que no tiene tiempo de sentirle el gusto, pero si
le ofrecen un flan, una omelette surprise, compota de frambuesas o zapallo en almíbar, responderá lentamente, en inglés para que el postre no lo comprenda:
—Muy interesante, pero no tengo el coraje de destruirlo.
***
Cenar con Borges es una de las costumbres
más agradables de mi vida. Me permite creer que yo lo conozco más que
mis otros amigos, porque la hora de la cena es más que nada la hora de
la conversación.
Charlar con Borges, sin embargo, cuando
uno recién lo conoce es difícil, aun a la hora de la cena; tanto, que
uno no puede casi imaginar que su conversación pueda luego tornarse
agradable. Muchas personas conocieron a Borges en nuestra mesa. En
general, cuando hay demasiada gente él no le habla más que a una,
siempre la misma, porque él no abandona jamás, ni en sus conferencias,
la actitud secreta de la intimidad; más bien abandona a su interlocutor,
con crudeza. La persona, mejor dicho la víctima que quiere charlar con
él, intenta entrar en su conversación como el niño que quiere saltar a
la soga cuando sus compañeros la hacen girar en el aire. A veces esto se
hace imposible pero el niño, luego de mucha indecisión, entra en el
juego, y otras veces no entra y se aburre a muerte, o tiene vergüenza.
***
No estoy segura ni le preguntaría a nadie —ni siquiera a Borges— si
es verdad, pero creo que en la casa en la que él vivía cuando lo conocí
había una estatua de mármol o de piedra, con una fuente de la que salía
agua. Mi recuerdo me basta, y pienso que la fuente de donde salía el
agua es para mí el símbolo de una fuente literaria en la que yo buscaba
refrescarme.
***
En la habitación de la abuela (inglesa) o
de la madre de Borges había un cirio que ardía noche y día, y una
imagen santa bajo un fanal.
Las paredes de las habitaciones estaban pobladas de cuadros y tapices de
Norah, la hermana de Borges, uno de nuestros mejores pintores. Norah,
sin embargo, no ha hecho jamás un retrato de su hermano, es lamentable. Él
no se parece en nada a los rostros que pueblan sus cuadros; rostros
indispensables, de los cuales ella conoce hasta el más mínimo detalle.
Pocas personas tienen la suerte de tener
un retrato que se asemeje a su espíritu. Afortunadamente, Borges ha
tenido esa suerte. El retrato de su alma existe y puede reproducirse
hasta el infinito gracias al negativo de una fotografía que tomó Adolfo
Bioy Casares.
***
Las circunstancias que conllevan al
nacimiento de una amistad, así como al nacimiento de un ser humano, son
muy importantes. Es por esta razón que recuerdo detalles del nacimiento
de mi amistad con Borges. Un grupo de escritores talentosos nos rodeaba
en ese momento. Aún no los habían separado ni la muerte ni las ideas
políticas. Nos reuníamos, conversábamos mucho, con gran frecuencia.
Adolfo Bioy Casares escribía, en colaboración con Borges, libros muy
importantes que mostraban un mundo inexplorado en las letras argentinas.
Ejercieron una gran influencia sobre nuestra literatura. Estos libros
escandalizaban a la mayoría de nuestros amigos: se desconfiaba de ellos.
Pensaban que reírse de semejante modo ya no era nada serio.
Más tarde llegaron a amarlos, como se ama a las obras difíciles de
apreciar la primera vez que uno se acerca a ellas: Chaucer, Corneille,
Shakespeare, etc.
En una agradable noche de verano, cerca de Buenos Aires, en la quinta de
Victoria Ocampo, un admirable poeta, desfalleciente, pálido, recostado
en el suelo, casi muerto, murmuraba palabras ininteligibles que tomé por
oraciones: rezaba para no morir completamente. Era Jules Supervielle.
Tomé su pulso, que latía débilmente. Quisimos llamar a un médico. "Ya
estoy bien", dijo de golpe el moribundo. Evidentemente, se había curado a
sí mismo. Después me reveló el secreto de su recuperación: cuando
estaba a punto de desvanecerse, decía versos; eso lo mejoraba más que un
remedio. A nuestro modo, nosotros hacíamos lo mismo por la salud de
nuestra alma. Vivíamos en una atmósfera de poesía pura.
Los versos eran los lazos más seguros entre nosotros. Nos encantaba
repetirlos con monótonas inflexiones de voz (para los demás;
emocionantes para nosotros), como lo hacía Borges, no a la manera de la
Comedia Francesa. Así nos divertíamos durante las comidas, los viajes en
automóvil, los paseos a pie, las tristezas, las alegrías o la angustia
de una tiranía vergonzosa, a veces grotesca o trágica, cuya voz,
terriblemente argentina, debo reconocerlo, invadía nuestras calles y
nuestros hogares. Como hacían los poetas en Alejandría, o Herbert en
Inglaterra, o bien una treintena de años atrás Apollinaire y muchos
otros, siento deseos de transcribir estos versos en su idioma original y
darles formas de frutas o de alas o de corazón, porque fueron un
alimento, una manera de volar o de amar para nosotros. Quiero, mejor
dicho, dibujar círculos, espirales con sus palabras, círculos que nos
aprisionaban como en una torre, o nos liberaban como el aire, que
también describe círculos.
Yet Ah!, that Spring should vanish with the Rose.[1]
Oú ce roi qui nattendait pas
Attendit un jour pas pas
Condé lassé par la victoire [3]
¡Oh noche amable más que la alborada:
Oh noche que juntaste
Amado con Amada. [4]
The troubles of our proud and angry dust
Are from eternity and shall not fail. [5]
Yo fui un soldado que durmió en el lecho
de Cleopatra la reina. Su blancura
y su mirada astral y omnipotente.
Eso fue todo. [6]
Que Régulo otra vez alce la frente
Y el beso esquive de la casta esposa. [7]
***
—Esta noche tenemos que perdernos— me dijo Borges.
Caminábamos por las calles de Buenos Aires como en un laberinto.
—Los animales, cuando se pierden, siempre se dirigen a la derecha; los hombres, a la izquierda —me dijo.
Íbamos hacia la derecha, pero sin
conseguir perdernos, ¡ay!, porque después de media hora de caminata, de
repente, nos encontramos frente al puente de Constitución, de donde
habíamos partido.
Borges ama los puentes. Le gusta ser
argentino. Le gusta quedarse como si partiera; partir como si se
quedara. En todos los viajes, él busca a Buenos Aires como el pájaro su
nido y el perro su cucha. En Estados Unidos, en Inglaterra, en Suiza, en
España se reencuentra con su país. Durante años nos hemos paseado por
uno de los lugares más sucios y lóbregos de Buenos Aires: el puente
Alsina. Caminábamos por las calles llenas de barro y de piedras. Allí
llevábamos a escritores amigos que venían de Europa o de Norteamérica, y
hasta a argentinos a los que también queríamos. No había nada en el
mundo como ese puente. A veces, por el camino, una vez cruzado el
puente, como en una especie de sueño, encontrábamos caballos, vacas
perdidas como en el campo más lejano. —Aquí tienen el puente Alsina —decía
Borges cuando nos acercábamos a los escombros, la basura y la
pestilencia del agua. Entonces Borges se regocijaba, pensando que
nuestro huésped también se alegraría.
***
Borges pasaba sus vacaciones en los
alrededores de Buenos Aires, en Adrogué, en el Hotel Las Delicias, que
bien merecía ese nombre. A algunos metros del hotel (hoy desaparecido;
en nuestro país, se demuele todo lo que es lindo; de hecho, es la única
cosa que se hace con rapidez) había un jardín y una casa misteriosa con
cuatro estatuas de tierra cocida, que representaban las cuatro
estaciones. El Verano, la más bella, semejaba, a la luz de la Luna, una estatua de Picasso. Se lo dije a Borges, que respondió: "¿Tan fea es?".
Cuando iba a verlo a Borges a Adrogué, a
cualquier hora, visitábamos las estatuas. No podíamos descubrir quién
habitaba la casa. Finalmente descubrimos que sólo las estatuas la
habitaban. Una noche nos dijeron adiós con pañuelos: las palomas se
habían posado sobre sus manos y batían las alas. Cuando comenzaron a
demoler la casa de las estatuas le prometí a Borges que las iría a robar
o a comprar. Era difícil, hasta imposible, porque nunca se veía a nadie
en esta vivienda. ¿A quién, entonces, proponerle la compra? En cuanto
al robo, no tenía sentido soñar con él: perros fantasmas ladraban cuando
uno se acercaba. Finalmente, le rogué a alguien a quien no desvelaban
las estatuas ni los perros ni Adrogué, ni los fantasmas, que las
comprase o las robase. La persona en cuestión las compró. ¿A quién?
Nunca lo sabré. A los perros que ladraban, seguramente. Las cuatro
estaciones viajaron cuatro horas en ferrocarril y llegaron a nuestra
casa de campo, el Invierno decapitado, el Otoño sin senos, el Verano sin
brazos, la Primavera sin nariz y sin flores. Pero desde entonces,
cuando las miro, allí en nuestro jardín, a menudo me parece estar en
Adrogué con Borges.
***
Borges ama su ciudad natal: ama en ella
la fealdad casi más que la belleza. Nuestra querida ciudad ofrece una
amplia variedad. Se diría que perder la vista le ha dado a Borges más
sagacidad para ver. Borges descubre, por ejemplo, una cabeza horrorosa
que preside una calle detrás de una reja, en el cementerio de la
Recoleta. Enseguida me lleva a verla. A partir de entonces parece linda.
Vuelve a ella de vez en cuando con el mismo entusiasmo que si se
tratara de una cabeza descubierta en Pompeya. También ama la provincia
de Buenos Aires. Recuerdo el verso de Ronsard que él repite a menudo:
Borges ama a su provincia como un viajero, descubre en ella un mundo lleno de sorpresas. Las
sorpresas no son en absoluto las cosas sorprendentes, nuestros árboles
con grandes hojas, los cantos ruidosos de nuestros pájaros, nuestras
flores tan perfumadas, nuestro campo en todas partes, nuestro río de
plata, sino más bien la simplicidad de un lugar, la riqueza de los
basurales, un sombrero nuevo entre cáscaras de manzanas, los fideos, la
extrema pobreza de un paisaje, el genio pleno de poesía o de estupidez
de frases groseras o sutiles que se escuchan en la calle, una forma
engolada o guaranga (palabra intraducible) de cantar. Lo que le ocurre a
Borges, lo que dice (ya que es un gran conversador) podría o debería
haber sido escrito además de lo que él ha escrito.
Creo que es feliz. Únicamente el espíritu es capaz de otorgar la dicha profunda que nace de la creación de la inteligencia.
Notas
[1] De la versión de Edward Fitzgerald de las Rubáiyát de Omar Khayyám
[2] De La suave patria de Ramón López Velarde
[3] De Sur trois marches de marbre rose de Alfred de Musset
[4] De la Noche oscura de San Juan de la Cruz
[5] Del poema IX de los Last Poems de A.E. Housman
[6] De Metempsicosis de Rubén Darío
[7] De la Epístola a Horacio de Marcelino Menéndez y Pelayo
[8] Del Hymne de la Mort
En Revista N° 22 de agosto de 1999
Traducción de Marcos Montes [corregido y anotado por faf]
Foto: JLB, Silvina Ocampo y José Bianco por Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1939)
Al pie: Dibujo de Borges realizado por Silvina Ocampo
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